Influencia Familiar. Un aspecto a tener en cuenta en nuestra vida.


Tanto la Psicología como muchas otras ciencias, que han centrado su labor de estudio en el ser humano, han resaltado la influencia de la familia en el comportamiento.

Freud identificó los diversos complejos que se van conformando a lo largo del desarrollo evolutivo de la persona, algunos de ellos tan conocidos como el de Edipo. 

Del trabajo de Bolwy destacan sus observaciones sobre la importancia del apego entre el niño y la persona de referencia, observaciones que han producido un gran impacto en la psicología actual.

Desde otra perspectiva, las escuelas de terapia familiar sistémica han focalizado su trabajo en aspectos como la comunicación entre los miembros, la dinámica de las relaciones, la estructura familiar, la narrativa, etc., dentro de un marco en el que considera a la familia como un sistema en tensión entre dos fuerzas opuestas; la centrípeta y la centrífuga, o entre una homeostasis tendente al status quo y la fuerza del cambio, y siguiendo la secuencia, la polaridad compuesta por la tendencia a que en todos los miembros de la familia se mantengan los mismos valores y mitos, y la tendencia a la individualización. Todas las familias pasan por etapas y crisis en las que una y otra fuerza intentan ganar terreno; la constitución de la pareja, el nacimiento de un hijo, la adolescencia, la emancipación de los hijos, etc. En estas crisis evolutivas familiares la tensión se acrecienta y puede dar lugar a desajustes que precisen de orientación.

Tras este breve recorrido que resume tanto trabajo generado en torno a la familia, resulta difícil obviar la importancia de su influencia en cada uno de nosotros.

Cuando nacemos son nuestros padres los que nos protegen, sin ellos no podríamos sobrevivir; ni nos ponemos en pie, ni sabemos comer. Físicamente no estamos preparados para ser autónomos. Igualmente a nivel cognitivo el niño necesita del otro, tanto es así, que el recién nacido no diferencia su ser individual del de su madre. Su conciencia del “Yo” irá apareciendo posteriormente.

Pero todos estos mecanismos tan primitivos, que
necesitan un gran desarrollo para llegar a entender el mundo tal y como
nosotros lo hacemos, no impiden que las experiencias sean aprehendidas.

Lo que sucede en estos primeros meses e incluso años en los que la plasticidad del cerebro es la mayor que tendremos en toda nuestra vida, es tan importante o más que otras experiencias futuras. El hecho de no recordar lo que sucedió en esta etapa, al menos no a nivel racional, ya que a pesar de la potencialidad de aprendizaje en esos años, nuestro sistema cognitivo no está preparado todavía para conceptualizar las experiencias tal y como posteriormente haremos cuando seamos adultos, no borra la experiencia. En ocasiones, algunos olores, estímulos sensitivos, o técnicas regresivas, nos transportan a años lejanos y a emociones asociadas.

Por todo esto, la familia, (grupo de personas que nos acoge en nuestra infancia) como primer grupo de referencia, es la que nos enseñe formas de comportamiento, por ejemplo, como comer en la mesa ; nos enseña valores, por ejemplo, el cuidado de los animales, la ocultación del dolor; y nos da un lugar en un grupo, por ejemplo,  el pequeño, la graciosa, la bonita, el torpe…

Con todo esto, su intención no es, desde luego en la mayoría de los casos la de limitarnos, sino la de ofrecernos un lugar en el mundo en el que ellos nos puedan proteger y contener. Desde aquí podremos ir pasando por los diferentes grupos y sistemas con los que nos vamos encontrando; el colegio, los amigos, la sociedad…

La dificultad aparece cuando la persona no ha revisado todo este legado. Lo ha asumido como propio sin reflexión y sin toma de conciencia previa. Entonces es cuando el niño de 35 años se sentirá el pequeño en el trabajo, ocultará su ira y dolor incluso ante sí mismo, y se rebelará pasivamente y en su contra frente a la autoridad. No se atreverá a elegir lo que desea porque no es lo que sus padres esperaban de él o no corresponde al lugar que le dieron y que él se creyó como suyo e inmutable. 

Las enseñanzas fueron útiles y tenían su sentido cuando éramos pequeños, sin embargo cuando somos adultos  se espera de nosotros la toma de responsabilidad sobre nuestras vidas. La vida actual se caracteriza por el cambio constante. No es entonces, extraño que algunos de los valores aprendidos ya no sean adaptativos a nuestras nuevas necesidades.

Desde los modelos de la transgeneracionalidad, según A. Wagner  se estudian los mecanismos de perpetuación mediante la transmisión de los legados de generación en generación. Toda persona nace en un grupo familiar con una cultura e historia preexistentes, que a su vez, le protege y le honra, así como le ata y limita. La introyección de estos mensajes, que desde la teoría de la Gestalt se explica con la imagen de lo tragado sin digerir, y su puesta en marcha automática hace que repitamos patrones de abuelos, tíos, sin tener conciencia de nuestro hacer, o por el contrario que reaccionemos desde la actitud contraria. 

Siguiendo la imagen de la digestión, sería sano tragar masticando para asimilar y tener conciencia de los sabores, texturas y aromas, pudiendo optar a echar fuera lo que nos resulta tóxico, desagradable y no nos sienta bien. 

El darse cuenta del modo, momento e intención de mensajes tales como “cuidado con tus amigos, que al final te la jugarán” o “tu tío fue un perdedor” , con todo lo que conllevan soterradamente, hace que podamos discernir si son válidos o no para nuestra vida y si los asumimos o los rechazamos. 

La toma de conciencia sobre la herencia familiar, a nivel emocional, relacional, de los valores e incluso corporal es fundamental para desarrollar nuestro pleno potencial, recuperando esa autenticidad propia del niño. Este proceso de discernimiento de lo propio y lo ajeno nos permitirá asumir la responsabilidad necesaria a la hora de optar por crear una familia desde nuestros valores, o de trabajar en aquello que realmente elegimos y de mostrarnos al mundo según nuestra necesidad. 

Desde esta posición, podremos relacionarnos con nuestra familia de origen desde el respeto a la propia individualidad y la del otro.